Un abismo o seguir

Salí hecha una furia.
Portazo tras portazo. Cómo liberar tanta intensidad?
Sin pensarlo ni un segundo agarré las llaves del auto, cualquier cosa para salir de acá.
Cinturón, primera, salgo.
Una cuadra, diez, no sé cuántas más. Salgo a la ruta. No conozco este camino. Yo sigo.
A medida que me alejo se disipan las emociones. El viento ayuda. Me limpia.
El sol bajando también. 
La marea de autos que me acompañaba en un principio ya es casi inexistente.
Tengo el tanque lleno, no hay límite real.
Yo manejo. Kilómetros. Horas.
Se hace de noche. Decido frenar.
Escucho un sonido de fondo que no me es tan usual.
Agudizo el oído.
Es el mar.
¡El mar!
¿Dónde estoy?
No veo mucho más allá. Cierro el auto. Camino. Al cuerpo tieso de manejar le cuesta funcionar. Yo sigo.
Tengo frío. Yo sigo. No veo más allá. Sigo igual.
Kilómetros. ¿Horas?
En algún punto no siento más mis extremidades, me fallan. Me caigo a la tierra sobre mis rodillas. En frente mío: un abismo y ese mar. Él me habla. Entiendo su lenguaje. Hablamos. Me dice que hay un lugar para mí allí abajo. Escucho. Me guía. Lágrimas aparecen. Ya está decidido. 
Levanto una pierna, luego la otra. Muy despacio. Muy tranquila. Frente a mí la inmensidad de la noche, y ese mar.
Un paso, luego otro. Estoy al borde. Yo sigo. Hay un límite. Sigo igual. Paso a paso, hasta caer. Y caigo sin más.

Caigo pero no puedo, tengo que volver.
Amor.
Volvé.
Amor, ¿me escuchás?
Tenes que volver. 

Abro los ojos. Estoy en el auto, en la puerta de mi casa, llave en mano. Él parado mirándome desde adentro.
Mi amor, dale volvé. 

Está decidido. Volver sería caer en un abismo ya conocido y ahora no puedo, yo tengo que seguir.

Cinturón, primera y salgo.


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