pensé que me moría
Pensé que me moría.
Estaba en la calle, era de noche, y el otoño de noviembre traía un viento frío y húmedo de la costa.
Tenía que llegar a mi casa pero no podía. Las piernas tiesas no funcionaban, las lágrimas no paraban de salir, no veía. El cuerpo habla su propio lenguaje y controlarlo no es opción.
Pensé que me moría.
Como pude llamé a Ju, estaba en un subte en Madrid, lejos pero no tanto.
¿Que pasó? ¿Estás bien?
No puedo caminar.
El ritmo de mi respiración era rápido pero me faltaba el aire.
¿Qué hago? No puedo.
No recuerdo si agarré otro bici, si corrí, si caminé. Todo borroso. Cuando llegué a casa me desplomé. Llamé a mi mamá, se asustó. Nunca lloré como esa noche, nunca algo me dolió y lastimó tanto.
Unas horas después la alarma del teléfono me despertó. Mi mente recordó la noche. Ojalá apagar el dolor fuera tan fácil como apagar el despertador.
Era viernes. Un día complicado, visitas de obra e inspección. Marcos me preguntó por qué había llorado. Tuve que mentir. Por la tarde un tren a Madrid que se guardó todas las lágrimas que derramé. Al llegar, el abrazo de mis amigas que es siempre un hogar.
Pensé que me moría, pero nunca estuve tan viva.
Recordar una muerte que no fue ayuda para hoy entender por qué.
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